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Una gran metáfora para entender qué son y cómo usamos los números imaginarios, como √-1
Estaba hoy viendo Las matemáticas como nunca antes te las han contado en el siempre infravalorado canal de Mensa España, cuando me llamó muchísimo la explicación que hace Rubén Pérez sobre los números imaginarios. Se puede ver a partir de 26:00, tras explicar que con los números naturales, enteros, racionales, irracionales y trascendentes ya se puede llenar la llamada «recta real».
Los números imaginarios como √-1: (raíz cuadrada de -1, como solución a la ecuación x² = -1) ya no «caben» en la recta real. Así que para representarlos hace falta lo que los matemáticos llaman plano complejo y a los legos les suena a WTF. Suele usarse un eje horizontal para la parte real y otro vertical para la imaginaria. Esto ya suena rarito al oírlo, pero lo cierto es que en el MundoReal™ usamos los números imaginarios cotidianamente: para calcular datos de la corriente eléctrica, en la ecuación de Schrödinger, en telecomunicaciones, al conectarnos al wifi, al recrear ondas de audio con la transformada de Fourier…
Pero ¿cómo podemos usarlos si son tan abstractos y difíciles de concebir? ¿Si no son como los números naturales que podemos asociar con algo del tipo «dos manzanas, tres manzanas, cinco manzanas»…? ¿O como los racionales («media manzana») o negativos («me deben una manzana»)? ¿O incluso como los irracionales y transcendentes como π o e, que podemos también medir?
La metáfora clave que se usa en el vídeo es considerarlos como lo que vemos en el plano de un espejo.
Lo que vemos al mirar el espejo tampoco es «real»: somos nosotros, hay uno de nosotros, y dos ojos, y quizá tenemos media galleta en la mano… pero en realidad es todo un efecto óptico de reflexión de la luz (de hecho «en 3D» aunque el espejo sea 2D).
Pero la imagen del espejo conserva tantas propiedades de la realidad que podemos incluso usarlos para peinarnos, maquillarnos o admirar la belleza y que lo que hagamos en ellos afecte a lo que sucede con nosotros mismos en el plano real. El resultado de »operar» en el espejo es como cuando operamos con números imaginarios. Y si luego «bajamos» al MundoReal™, queda algo tangible.
El resto de la charla (cuaterniones incluidos) es también interesante, y tiene un nivel divulgativo aunque con acertados dardos instructivos que van directos a la diana, que puede que ya conozca quien lo vea según lo poco o mucho que le gusten las matemáticas. Merece la pena echar un rato con él; seguro que aprendes más en esos 70 minutos que viendo 280 reels de TikTok, que más bien son como -70 minutos de vida.
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Diales personalizados
Dials es una herramienta absurdamente específica, con un único objetivo y muchas opciones: generar diales y relojes analógicos vectoriales, donde se puede ajustar prácticamente todo.
Una vez comienzas a explorarlo puedes ver su potencia, y jugar con los diferentes valores un buen rato. Con los diversos ajustes se pueden crear velocímetros, indicadores, paneles retro o interfaces tipo NASA totalmente personalizados. Igual te sirve hasta para algún proyecto maker.
Entre otras cosas se puede cambiar el ángulo del arco (ej. 220°), el rango de valores (digamos, 0-160), las subdivisiones entre marcas o el grosor… Pero eso no es todo, hay detalles casi enfermizos, como los radios de las esquinas redondeadas, si los números van dentro o fuera del dial, si hay puntitos centrales… y me dejo más de la mitad.
Una vez listo, se puede exportar en PNG o SVG, a varios tamaños y para mayor simplicidad las configuraciones se guardan en la propia URL. El sueño de cualquier diseñador industrial, maker, amante de las interfaces de coches imposibles o para quien haya dedicado demasiadas horas a mirar cuadros de mando en videojuegos, simuladores y cacharros electrónicos.
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El tipo que secuenció un ADN completo en casa con un equipo portátil, software desarrollado por él mismo, ayuda de una IA y algo de aprendizaje
¡Avances en análisis genéticos! Curiosa esta historia de Seth Howes, un tipo con formación en medicina y algo de IA que se compró un secuenciador de ADN portátil adecuado para la labor y luego desarrolló el software apropiado para realizar una secuenciación de su ADN completo con «cobertura 30×», casi como en los laboratorios de verdad.
¿Cómo se hace esto? Primero, se necesita un analizador de secuenciación y unas muestras de las que extraer ADN para cargarlas adecuadamente, lo cual requiere aprender protocolos delicados con pipetas, líquidos, tiempos de espera y productos químicos, que a veces son de más de cinco horas.
Esa máquina portátil no lee el genoma entero de una sola vez, sino muchos fragmentos pequeños. Esos fragmentos se comparan con un genoma de referencia, como al reconstruir un libro triturado en millones de papelitos. Si cada letra que aparece en una posición aparece en unos 30 papelitos distintos, se puede estar mucho más seguro de que es la letra correcta. Un ejemplo:
Cuantas más lecturas se solapan sobre la misma posición, más cobertura hay. En la explicación habla de una cobertura 30× lo que significa que, de media, se ha leído unas 30 veces cada posición del genoma humano durante la secuenciación. Es un valor de laboratorio bastante estándar para un válido aunque no garantice una «calidad clínica».
El genoma humano tiene unos 3.000 millones de pares de bases. Así que secuenciarlo a 30× no quiere decir leer esos 3.000 millones una vez, sino leeer cada posición unas 30 veces de promedio para generar 3.000 millones × 30 ≈ 90.000 millones de lecturas de bases.
Lo llamativo de todo el asunto no es solo el 30×, sino el «todo hecho en casa» que es suena muy a «¡mira mamá, sin manos!» en el buen sentido. Hasta ahora esto requería infraestructura de laboratorio bastante seria. Hoy, con equipos portátiles, kits comerciales y conocimientos técnicos, parece que alguien puede hacer en casa algo que antes sonaba a C.S.I. o a laboratorio de biólogos con trajes protectores.
Podría enumerar más de cien casos concretos en los que la IA me ayudó a resolver un problema técnico que me tenía bloqueado porque no podía acceder a un experto en alguna de las materias.Según cuenta, lo hizo todo en unas 6 semanas, utilizando un Nanopore P2 Solo de Oxford Nanopore Technologies (por aquí hablamos hace años de alguno de esos). Tuvo que escribir software a modo de «panel de control» para supervisar la ejecución de la secuenciación, que se realiza en varias partes, que pueden durar horas o días, y gestionar la infraestructura de varias GPU remotas para la identificación (basecalling), que es como se convierten las secuencias en las bases A T G C.
He mirado por ahí y lo caro no es leer el genoma sino montarse el «laboratorio en casa»: si ya tienes el aparato, cada intento de secuenciar un genoma humano completo puede salir por algo más de 1.000 dólares, sumando el cartucho de lectura, los productos químicos, los tubos, pipetas, el almacenamiento y la computación. Si además hay que comprar la máquina, jugar al C.S.I. puede subir hasta unos 30.000 dólares.
Por comparar, la Universidad de Minnesota ofrece secuenciaciones a 30× por unos 200 dólares, aunque no está pensado para que una persona pida uno suelto desde casa, sino para lotes de muchas muestras. En otras palabras: hacerlo en casa ya es posible, pero no es la opción más barata; lo que se consigue es autonomía, privacidad y cacharreo geek nivel dios, lo cual está bien como idea y para sumar puntos de experiencia.
El buen hombre tiene mérito, por el ahínco que le puso; se ve que la IA le hizo de técnico de laboratorio, administrador de sistemas, bioinformático, programador y cuñado útil, de vez en cuando al menos. Pero es cuando menos interesante que secuenciar un genoma en casa ya sea posible, aunque hacerlo bien, barato y que clínicamente tenga sentido sea siendo otra película.
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Probamos el calefactor Dreo Atom One con WiFi, que puedes controlar en remoto o con Alexa, el Asistente de Google, e incluso Apple Home con un poco más de esfuerzo
Hace unos meses decidí comprar un calefactor para mi despacho por aquello de mantenerlo a una temperatura compatible con la vida humana. Tenía claro que lo quería cerámico y programable. Así que buscando, buscando, di con el Atom One de Dreo en su versión con WiFi, con el que estoy encantado.
El Atom One es un pequeño cacharro que mide 18×18×30 centímetros y pesa 1,86 kilos por si lo vas a andar moviendo por ahí. Si hacemos caso de las fotos de producto se supone que es para colocarlo sobre una mesa, aunque cuando llegó yo lo coloqué debajo de mi mesa para que eche el calor hacia mis pies y piernas antes de que suba el aire caliente y ahí se ha quedado desde entonces.
La potencia es de 1.500 vatios, entregada a través de un elemento PTC, y en apenas un par de segundos está echando calor. Tiene tres velocidades de funcionamiento del ventilador, H1, H2 y H3, además de un modo eco. Yo lo tengo en modo eco y es súper silencioso. También puede funcionar el modo ventilador, de nuevo de forma muy silenciosa, aunque no enfría el aire; sólo lo mueve.
Puedes combinar cualquiera de los modos de funcionamiento con un movimiento de oscilación de 70 grados a cada lado para que se distribuya mejor el aire.
Incorpora un sensor anti vuelcos que me parece especialmente importante en el caso de que lo coloques debajo de la mesa, dónde le puedes dar una patada y tirarlo o el paso de una escoba o fregona puede tumbarlo.
La temperatura se puede ajustar entre los 5 y los 35 °C, lo que me parece un rango un tanto extremo por los dos lados, en incrementos de un grado. Al arrancar su objetivo es alcanzar la temperatura que le hayas programado y luego mantenerla. Para alcanzarla le da más caña al ventilador; luego baja su velocidad cuando la alcanza.
Puedes ajustar la temperatura deseada –y si la quieres en grados Celsius o Fahrenheit– así como el resto de las funciones utilizando la botonera en su parte superior, el mando a distancia, lo que es mucho más cómodo si lo tienes bajo la mesa, o desde la app de Dreo. Desde la app, además, puedes ajustar un offset de temperatura por si es necesario compensar la diferencia que pueda haber entre la que mide el sensor del calefactor y la que hay donde tú estás.
Según el fabricante puede calentar habitaciones de entre 10 y 15 metros cuadrados en unos 5-10 minutos y de hasta 20 m² en menos de una hora. Para espacios más grandes puede ser insuficiente, aunque lo puedes usar para calentar una parte.
WiFi y asistentes variadosHay una versión sin WiFi de este calefactor, pero me alegro mucho de haberme gastado unos euros más en la que la sí lo tiene. Una vez configurada a través de la app –tiene que ser una WiFi de 2,4 GHZ– tienes control del calefactor desde cualquier sitio.
Que es cierto que puedes programarlo, como he hecho yo, por ejemplo, para que se encienda un cuarto de hora antes de mi horario de llegada habitual y que se apague a mi hora de salir. Y que haga eso, por ejemplo, de lunes a viernes, con lo que sólo consumes un programa de los diez que admite. Puedes programar un modo específico de funcionamiento para el encendido o dejar que arranque en el modo en el que estaba al apagarse.
Pero como no todos los días estoy en mi despacho mola poderlo apagar en remoto si no voy a estar, por aquello de no desperdiciar corriente por mucho que no la vaya a pagar yo.
Y si no lo tienes programado con la app también puedes ver la temperatura de la habitación en la que está y decidir si lo quieres encender un rato antes de llagar para que vaya haciendo lo suyo.
Además no sólo es programable sino que puedes controlarlo de forma nativa con Alexa y con el Asistente de Google e incluso con Apple Home si usas Homebridge, ya que hay un plug in para ello. Aunque he de decir que como no tengo mi despacho domotizado –quizás debería decir aún– no he probado ninguna de estas tres opciones; me he apañado perfectamente con su programación interna.
En fin, que estoy encantado con los 80 euros que he invertido en él para no palmar de frío. Pero ojo al pedirlo, asegúrate de que marcas el estilo WiFi si no te sale escogido directamente al pinchar en el enlace.
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El enlace a Amazon lleva nuestro código de asociado. Así que si compras el calefactor y puede que alguna cosa más que no tenga nada que ver tras seguirlo a lo mejor cobramos alguna pequeña comisión.
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Cómo arrancar un proyecto en internet al estilo «mínimo viable» con el presupuesto mensual de unos cafés (menos de 10 euros)
Me encontré dentro de EU Alternative con esta Guía para arrancar un proyecto al estilo mínimo viable por menos de 10 euros al mes que es una buena descripción de lo que se necesita y lo que cuestan las cosas si se va al merme. No requiere alquilar un centro de datos en las montañas ni negociar con bancos para el uso de tarjetas de crédito. Básicamente, propone un «stack» o conjunto de herramientas y soluciones por menos de 10 euros mensuales. Además, todo se mueve en Europa, no por nada, sino porque está disponible y es una alternativa a las soluciones habituales americanas (Google, Amazon, etcétera).
La lista de propuestas incluye enlaces directos a diversas herramientas y servicios, en todos estos campos que son los que se suelen necesitar (al menos al principio) para arrancar el proyecto:
- Alojamiento
- Correo para transacciones
- Boletines y márketing por correo electrónico
- Analíticas
- Monitorización
- Formularios
- Autenticación
- Pagos
- Lo que cuesta realmente
- Preguntas frecuentes (FAQ)
El gasto fijo más importante sería el alojamiento en un servidor tipo (servidor privado virtual, es decir, compartido con otras webs en la misma máquina) por unos 7 euros al mes. El resto son servicios gratuitos permanentes, aunque algunos tienen limitaciones si aquello crece sobremanera. Por cierto que los certificados seguros TLS de Let’s Encrypt siguen siendo para mi de los más fiables, y son gratis (aunque americanos).
Están el correo para transacciones (cambiar contraseñas, emails de confirmación, etcétera; los boletines (newsletters) con un límite de hasta 2.500 suscriptores (en Sender.net, más que suficiente para muchos), analíticas (con Simple Analytics como alternativa a Google Analytics) formularios, autenticación o monitorización; y para monitorización UptimeRobot que es el que usamos nosotros y va genial (no sabía que estaban en Eslovaquia).
También proponen soluciones para formularios (Tally), la parte de autenticación (gestionar cuentas, contraseñas y passkeys, etc. más allá de Google, aunque para las cuentas y API de Google es gratis) y pagos (Mollie) que aunque siempre hay alguna inevitable comisión de bancos al menos no requiere una cuota mensual, de modo que el «paga sólo cuando vendas» se convierte en algo real.
Es interesante que todo esto no se plantea como una «cuestión ideológica de soberanía digital» ni como discurso antiestadounidense. La tesis es más simple y bastante terrenal: arrancar un proyecto pequeño puede ser tan barato como el equivalente a unos cafés; no hace falta montar una colección de servicios sobredimensionados y carísimos para un producto que empieza con cero usuarios.
Conozco incluso quien añade 5 euros para alquilar por un año un dominio .com que esté libre en alguna oferta de hosting de esas locas que surgen de vez en cuando, y ya si eso dentro de 12 meses se verá si la idea y el proyecto llegaron a algún lado y merece la pena renovarlo.
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