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El reloj del juicio final sigue avanzando: las armas atómicas, el clima, la IA y la bioseguridad nos acercan a la catástrofe global
Si la cosa ya estaba complicada el año pasado, el fin del mundo sigue avanzando: 85 segundos son el punto más cercano a la medianoche en toda la historia del Reloj del Juicio Final (el famoso Doomsday Clock) desde su creación en 1947 por el equipo del Boletín de los Científicos Atómicos. Esto supone un avance (o retroceso, según se mire) «hacia el fin» de 4 segundos respecto a 2025, cuando estaba en 89 segundos, y refleja la triste situación actual.
Según el comunicado de los científicos para 2026, un equipo asesorado por un consejo que incluye 8 premios Nobel, las claves del empeoramiento de la situación (aun más) se debe a:
- El aumento de las amenazas nucleares.
- El deterioro de los acuerdos de armamento (New START).
- El cambio climático, con tendencias récord persistentes.
- Las tecnologías disruptivas, especialmente la inteligencia artificial.
- La mayor vulnerabilidad frente a amenazas biológicas.
Lo de las armas nucleares está claro, porque cualquier día de estos a alguien se le va la mano y acaba esto como en la casa llena de dinamita. Y lo del cambio climático lleva décadas sobre la mesa, aunque algunos prefieran ignorarlo, y prosigue imparable, así que eso no va a mejorar mucho.
La novedad de la IA como tecnología rompedora es aquello de que «la tecnología puede usarse para el bien o para el mal». En otras palabras: si se usa mal en ámbitos militares y biológicos iremos de culo. El hecho de que cada vez haya más drones y robots en los campos de batalla, la mayor parte guiados por humanos todavía, no es buena señal. Que los responsables de la IA y la biotecnología usen la tranquilizadora expresión «alta seguridad» es otra bandera roja de alerta.
La moraleja de todo esto no puede ser más desalentadora: el reloj sigue avanzando y todo apunta a que nosotros, nuestros descendientes y los descendientes de nuestros descendientes (si llegan a existir) serán los protagonistas del desastre que se está cociendo. Según los expertos, solo los Estados Unidos, China y Rusia, con su elegante colección de armas para acabar con todo bicho viviente, tienen la llave para detener esta locura. ¿Y Europa que opina de esto? Parece que ni está ni se la espera.
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Hoy es el aniversario del desastre del Apolo 1 que costó la vida a tres astronautas durante una sesión de entrenamiento
La tripulación de la misión que luego sería conocida como Apolo1 durante una simulación – NASA
A las 23:31:04,7 UTC del 27 de enero de 1967, con lo que en realidad en España ya era día 28, uno de los astronautas que estaba a bordo del módulo de mando de la misión AS-204 de la NASA –probablemente Gus Grissom– comunicaba por radio que había un incendio. Roger Chaffee –de nuevo, eso se cree– hizo lo mismo un par de décimas de segundo después.
6,8 segundos de silencio siguieron a esas comunicaciones antes de una última comunicación de cinco segundos que termina con un grito de dolor, sobre cuyo contenido tampoco hay consenso.
Para cuando los equipos de emergencia consiguieron abrir la complicada escotilla de la nave, unos cinco minutos después, Virgil I. «Gus» Grissom, Edward H. White y Roger B. Chaffee yacían muertos en su interior, prácticamente fundidos con el interior de ésta.
Una o varias chispas en el sistema eléctrico de la nave habían provocado un incendio que, en la atmósfera de oxígeno puro de su interior, se extendió rápidamente, llenándola de humo y monóxido de carbono. Afortunadamente –dentro de lo malo– fue la inhalación de éste gas lo que mató a los astronautas en pocos segundos; las quemaduras de tercer grado que cubrían gran parte de sus cuerpos para cuando los pudieron sacar de la nave se produjeron en su inmensa mayoría después de su muerte.
Reboot
Grissom, White y Chaffee enviaron esta premonitoria parodia de su foto oficial como tripulación al director del responsable del diseño y construcción de las naves Apolo, Joseph F. Shea – NASA
Este desastre llevó a la NASA a replantearse muchas cosas, ya que el incendio fue causado tanto por errores de diseño –ya sólo el hecho de que hubiera materiales inflamables en el interior de una cápsula diseñada para usar una atmósfera de oxígeno puro parece de locos– como por un proceso de ensamblado no tan cuidadoso como debería haber sido. Una falta de control generalizada de los procesos también ayudó, ya que había muchos cambios en el diseño que se hacían sobre la marcha y sin documentar que no ayudaban a que las cosas funcionaran como debían.
De hecho Grissom había ironizado con el problema de lo mal que funcionaban las radios diciendo que cómo pretendía la NASA enviar nada a la Luna si apenas eran capaces de comunicarse con el edificio de al lado.
A raíz de este desastre los sistemas del módulo de mando fueron rediseñados; se eliminaron todos los materiales inflamables; se rediseñó la escotilla para que fuera más fácil de abrir, y así miles de cambios más. También se pusieron en marcha estrictos protocolos para controlar y documentar la construcción de las naves y cualquier modificación que se produjera.
Y aún así en noviembre de 1967 la NASA, apenas diez meses después del fallecimiento de Grissom, White y Chaffee lanzaba la misión no tripulada Apolo 4 y en octubre de 1968 despegaba el Apolo 7, la primera de las misiones tripuladas del programa, que el 21 de julio de 1969 pondría a Armstrong y Aldrin en la Luna, demostrando una capacidad de recuperación asombrosa de la NASA.
Grissom, White y Chaffee fueron los primeros astronautas de la historia en morir dentro de su nave, aunque otros habían muerto antes en accidentes durante entrenamientos, y lamentablemente no fueron los últimos: el total hoy en día se sitúa en 22.
Pero nadie dijo que el espacio fuera fácil. Ni nadie pensó que las lecciones aprendidas se olvidarían tan pronto, ya que el desastre del Challenger ocurría apenas veinte años después del del Apolo 1 y por causas similares. Ni mucho menos que repetirían en 2003 con el Columbia.
Curiosamente, todos estos aniversarios luctuosos de la NASA se sitúan en un espacio de menos de una semana entre finales del mes de enero y principios de febrero.
Lío de nombresA petición de las viudas de los astronautas la NASA asignó oficialmente el nombre Apolo 1 a su misión, aunque eso supuso un pequeño lío ya en realidad era la cuarta misión del programa Apolo, pero sólo la tercera que hubiera supuesto el lanzamiento de una nave espacial.
Así que la NASA decidió que esas otras dos misiones anteriores, la AS-201 y AS-202 hubieran sido los Apolo 2 y 3, aunque nunca las rebautizaron oficialmente, con lo que el primer lanzamiento tras el desastre del Apolo 1 fue el del Apolo 4, y de ahí en adelante ya siguieron la numeración correlativa.





