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El X-59, el avión supersónico «silencioso» de la NASA, supera los 25 vuelos sin un solo problema serio
El X-59 sobre el desierto de Mojave – NASA/Jim Ross
A finales del pasado mes de agosto el X-59, el avión supersónico «silencioso» de la NASA, superaba los 25 vuelos. Y lo mejor es que lo hacía sin un solo problema, con una respuesta en el MundoReal™ ajustadísima a la de los modelos, así que no ha habido sorpresas, algo que nadie quiere en vuelos de prueba. Y menos en los de un demostrador tecnológico como este que busca ir más allá a la hora de adquirir nuevos conocimientos sobre el vuelo supersónico.
Así, estos vuelos, en los que se ha ido llevando al avión a los extremos de su envolvente de vuelo, han permitido ir perfilando sus características de vuelo, de los límites de su estabilidad, y de las cargas a las que se ve sometido.
Por ahora ha volado siempre acompañado por un F-15. Pero el objetivo es que en un momento dado empiece a volar solo, ya que por ahora el ruido que emite este segundo avión ha enmascarado siempre al del X-59.
Así será posible obtener datos sobre su estampido sónico y acerca de como los elementos de diseño del X-59 como son ese morro tan alargado, el motor montado de forma dorsal, y la forma tanto del fuselaje como de la toma de aire influyen en él. No sólo con los datos que aporten los instrumentos de a bordo y micrófonos instalados en el suelo bajo su trayectoria sino también recogiendo la opinión de las personas que viven en las comunidades sobre las que se realicen esos vuelos supersónicos.
Luego ya veremos si y cuando se aplica esto en un avión comercial, algo sobre lo que tengo muchas dudas. Pero el saber no ocupa lugar y tal.
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Alemania –ya iba siendo siglo– va a retirar la financiación pública de la homeopatía
Me ha encantado leer que Alemania se dispone a retirar la financiación pública de la homeopatía. Y más cuando he visto que el gobierno de Friedrich Merz no lo ha hecho presa de esa oleada de recortes generalizada que está metiendo al gasto público sino que lo hace porque reconoce que es un tratamiento sin eficacia alguna. Aunque eso vaya a suponer sustituir esos «tratamientos» por otros con medicamentos, que serán más caros para las arcas públicas.
Además es especialmente satisfactorio que esto pase en el país de Samuel Hahnemann, el iluminado que inventó esta pseudociendia. Schadenfreude en estado puro.
Por supuesto cada uno es cada quien y a quien así le parezca podrá seguir consumiendo productos –que no medicamentos– homeopáticos, pero ya pagándolos de su bolsillo cuando este cambio legislativo entre en vigor.
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Los siete de Blake, legendaria ciencia ficción británica para saciar el hambre después de vivir Star Wars
Gran alegría y alborozo me han sobrevenido al ver que Los siete de Blake se puede ver y descargar online gracias a que la gente de Archive.org la tiene en su archivo. De hecho, me ha supuesto un refrescamiento instantáneo de la memoria, porque difícilmente me habría acordado de ella si estuviera jugando al Trivial y me preguntaran por qué veíamos en aquella época.
Recuerdo que en 1978 recibimos Los 7 de Blake como se recibía entonces cualquier «cosa espacial» en la tele: con ganas acumuladas de ciencia ficción. Era una época más allá de Thunderbirds y U.F.O., con Galáctica: estrella de combate, Espacio: 1999, Enano Rojo, V, y alguna otra.
La serie británica se estrenó en la BBC en enero de 1978, apenas ocho meses después de que Star Wars llegara a los cines. No era una superproducción, pero a la gente le gustaba. Tenía algo distinto: una Federación totalitaria y malévola, rebeldes poco ejemplares, una nave llamada Liberator y diálogos que no trataban al espectador como si fuera un cebollino. Aunque en España se título Los 7 de Blake, en Latinoamérica circuló como Los corsarios de Blake, un título bastante más directo y pirata, en alusión a los protagonistas.
La premisa era algo así como Los doce del patíbulo en el espacio, o al menos así dicen que la presentó su creador, Terry Nation. Que por cierto fue quien creó a los Daleks de Doctor Who. En la historia, Roj Blake escapaba de una condena injusta junto a otros fugitivos con diversas habilidades y se convertía, muy a su pesar, en la cara visible de «la resistencia».
El cerebro del grupo era Kerr Avon, interpretado por Paul Darrow: cínico, brillante y mucho menos interesado en la libertad universal que en salir vivo. El resto eran los «especialistas» habituales, cada cual en lo suyo. La serie funcionó y tuvo cuatro temporadas en total: 52 episodios de unos 50 minutos, emitidos entre 1978 y 1981, con efectos especiales de presupuesto BBC, más imaginación que calidad en las maquetas y algunos protagonistas que cambiaron con el tiempo.
Como curiosidad: en la foto solo salen seis de los siete de Blake, porque el séptimo era Zen, el ordenador de la nave Liberator. Que en aquellos tiempos del futuro imaginario a las inteligencias artificiales ya se las consideraba «miembros de la tripulación».
No sé que tal habrá aguantado el paso del tiempo, la verdad. El primer episodio, The Way Back, en la sección de archivos de vídeo de Archive.org puede servirte como punto de partida para montarte con palomitas una tarde remember en la que recordar que en aquella época una televisión de culo gordo podía hacer que la galaxia pareciera enorme.
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Empaquetamiento de cuadrados
Hallar el cuadrado más pequeño capaz de contener n cuadrados unitarios sin que se solapen.
Me encantan este tipo de problemas matemáticos: el empaquetamiento óptimo de cuadrados, de 1 a 100 [zoom a alta resolución].
Aunque en muchos casos no hay nada que hacer excepto apilarlos de lado a lado, otras configuraciones son muy ingeniosas, con cuadrados apilados en ángulos casi imposibles, pero más óptimos que de la otra forma.
Recuerdo que Martin Gardner solía publicar muchos en su columna Juegos matemáticos, y existe una gran variedad de ellos. La colección de la imagen, que muestra los «récords» actuales, está recopilada por Joshua Levy, junto con código el Github para explorar el problema.
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Spaceships, el Asteroids al revés, donde no eres la nave, sino el campo gravitatorio que dirige los asteroides
En Spaceships, a Trey Bastian se le ocurrió crear una innovadora versión de Asteroids en la que el jugador no controla la nave: controla los campos gravitatorios que afectan a los asteroides. Eso sí: el juego tiene todo el look del clásico, gráficos vectoriales fosforescentes simulados incluidos, y también las rítmicas notas graves electrónicas que acompañan como música de fondo y se van acelerando, para recrear la experiencia al 100%.
La primera pantalla comienza con tres asteroides y una nave enemiga. El objetivo es colocar «pozos de gravedad» para curvar sus trayectorias, convirtiéndolos en proyectiles. El objetivo no es sobrevivir a los asteroides, sino destruir las naves y procurar que queden asteroides suficientes para embestir a cuantas más naves mejor antes de que pulvericen las piedras con sus disparos láser.
Cada pozo gravitatorio dura unos 2,5 segundos y consume energía (que es limitada). Se pueden «detonar» antes de tiempo para dar un último empujón a los asteroides que estén más cerca de las naves. Puede haber hasta tres a la vez, de modo que aquello acaba pareciéndose menos a un videojuego y más a dibujar tirachinas invisibles en el espacio. Según se avanzan pantallas aparecen más naves, aparecen algunas que persiguen los asteroides grandes, atacan los pozos o llevan blindaje. El marcador va contabilizando las naves destruidas y cuántas pantallas se superan.
Se pueden configurar algunos detalles del juego: el sonido, las estelas y el brillo, entre otros, y además se puede jugar vinculándolo a una cuenta de Bluesky para aparecer en las tablas de récords. El título no exagera: las naves están ahí para que hagamos con los asteroides lo que normalmente hacían con nosotros.
(Vía Kottke.)
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El Skylab y el ordenador de IBM que despertó tras cuatro años como si el tiempo no hubiera transcurrido
El Skylab fue la primera estación espacial estadounidense, un laboratorio que la NASA lanzó al espacio en 1973 para estudiar el Sol, observar la Tierra y comprobar cómo se desenvolvían los humanos en estancias prolongadas en órbita. Durante 171 días trabajaron allí tres tripulaciones, hasta 1974. Luego permaneció en órbita hasta los seis años, 1979.
IBM suministró los ordenadores que controlaban su orientación y la de sus instrumentos, los llamados ATMDC (Apollo Telescope Mount Digital Computer). Su historia aparece en The Skylab Computer System, un capítulo de Computers in Spaceflight: The NASA Experience, de James E. Tomayko y tiene algunas anécdotas muy buenas.
Un ordenador potente para la épocaEl sistema llevaba dos ATMDC, basados en el procesador TC-1 de la familia IBM 4Pi. Eran máquinas de 16 bits con 32 KB de memoria cada una (menos que un Commodore C-64, vamos). Una trabajaba y la otra permanecía apagada como reserva. Lo de tener un ordenador de repuesto ya era buena idea antes de que existieran las «actualizaciones automáticas». Hay que tener en cuenta el estado de la informática en aquella época; por situarnos, podrían haber elegido un PDP-8, un PDP-11 o quizá un HP 2116A, que eran lo más de lo más.
El estreno del Skylab fue bastante más emocionante de lo recomendable, para susto de todos. Durante el lanzamiento se perdió un panel solar, otro se quedó atascado y la estación sufrió daños en su protección térmica. Los controladores tuvieron que utilizar el ordenador durante dos semanas para mantener un equilibrio entre generar electricidad y evitar que el laboratorio se recalentara mientras preparaban las reparaciones que llevaría la primera tripulación. ¿Cómo se resolvió todo aquello?
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